Las teorias situacionistas sólo deberían servirnos en un contexto más amplio sobre el sentido que las sociedades dan a su existencia en el mundo. Se hace necesario decir lo mismo pero de otra manera, un poco menos aberrante, un poco menos depresiva, de manera que a quien le toque leerlo se le encienda el chip de sus posibilidades revolucionarias de forma consciente y decidida, y no sólo su capacidad de deformar el mundo hasta volverse loco.
Con la mutación informacional de nuestra sociedad (medios de comunicación de masas, nuevas tecnologías, comunicación en tiempo real, identificación de datos, codificación del genoma humano…) la autonomía del individuo se ha visto subyugada al control por parte de quienes poseen las bases de datos y la capacidad de producir las tecnologías. La identidad ya no será más el conjunto de sentidos que da cada uno a su propia existencia, sino la información que se recoge de ése a lo largo de su vida.
El rechazo total de la modernidad sólo tiene dos soluciones radicales: el suicidio o el primitivismo. Sin animar a nadie al primero ni disuadir a nadie del segundo, el uso de la razón y del conocimiento de la situación que atraviesa la humanidad puede llevar a otras respuestas en las que el individuo, incluso siendo consciente de su devenir plastificado, tiene la capacidad de actuar sobre su propio destino; puede comprender que hay más de un camino y más de un fin.
Existen redes de intercambio fuera del mercado capitalista, algunas de ellas incluso sin que los individuos que las componen sean conscientes de su existencia. Otras nuevas están organizándose para hacer frente a lo que, de llevarse a cabo la obra total del “mercado de deseos”, sería el modelo único de vida. Por ello, resulta instructivo y alentador observar las alternativas y resistencias que, dotadas de más o menos solidez, abren canales de intercambio ajenos al orden capitalista.
Surgen resistencias que tratan de liberar la cultura de la propiedad privada, como la del software libre, que elabora programas informáticos con un código abierto (los grandes productores de software llenan nuestros ordenadores con programas de código cerrado, es decir, de modelo único; el código abierto en principio es más saludable porque permite realizar cambios en la estructura y el funcionamiento del programa, que requieren de unos conocimientos avanzados de programación informática). De estas resistencias es necesario aprender, porque proponen un mundo más amplio, donde el modelo único no sea imperante, y porque a través de su labor dentro de las nuevas tecnologías demuestran haber comprendido en qué clase de sociedad -y en qué clase de la sociedad- nos han metido.
Si bien es cierto que la corroboración de las tesis situacionistas es evidente en nuestra realidad más inmediata (presencia continua de productos mediáticos, principalmente de aquellos producidos por el sistema capitalista, en todas nuestras experiencias personales), el origen, la interpretación y el significado que pueden recibir los productos destinados a satisfacer las necesidades de las personas pueden ser muy diversos. Nuestros esquemas mentales todavía no son cuadriculados y la publicidad y las películas no siempre consiguen el efecto educador que sus creadores esperan.
Por otra parte, surgen proyectos de producción audiovisual que se suman a los otros frentes de contrainformación (prensa alternativa, fanzines y radios libres) y que hacen circular, sobre todo por la red, una gran cantidad de documentos que nos cuentan una realidad diferente a la que cuentan los medios comerciales.
También vaticinaban los situacionistas reacciones violentas individuales y colectivas que surgirían para dar desahogo ante la opresión de la mercancía (opresión de la mercancía: relación entre la fuerza de trabajo que se necesita para producir las mercancías y el valor de cambio que obtienen éstas en el “mercado de deseos”, en el actual mercado capitalista, que utiliza la publicidad persuasiva para poner en común las necesidades de los consumidores con las mercancías que los productores han proyectado vender).
Estas reacciones deberían ser espontáneas y no premeditadas, surgirían de la explosión del individuo ante la evidencia de que sus deseos y su contacto con el mundo natural han sido robados. Se trata de la recuperación momentánea de la propia autonomía, como una terapia de depuración de todas las angustias que crea este forcejeo entre lo que el individuo debe/quiere conseguir y el trabajo que a cambio tiene que aportar al sistema.
Sin dejar de sonreir ante las salidas de tono y las rebeliones espontáneas, existen también formas más racionales, consecuentes y organizadas de hacer frente a la tiranía de la mercancía. Se trata, ante todo, de reducir nuestro círculo de necesidades accesorias. Pensemos que la mayoría de las pertenencias que nos rodean pueden haber llegado a adquirir un valor emocional (creado por el valor simbólico que tenían cuando las adquirimos y la acción del tiempo, que afianza el sentimiento de propiedad), y que en pocos casos sirven para cubrir necesidades primarias.
¿Dónde quedaría el límite entre necesidades primarias y necesidades accesorias (aquellas promovidas por la sociedad de bienestar para nuestro confort)? Sería pretencioso y tiránico establecer una serie de necesidades básicas que todos nos deberíamos procurar satisfacer y otra de accesorias que deberíamos rechazar. Se trata más bien de un proceso interno que cada individuo deber llevar consigo para lograr una propia autonomía en su vida sin perder de vista la relación de fuerzas (cuanto más se satisface al “mercado de deseos” haciendo caso a los productos y a los valores simbólicos que los diseñadores les imprimen, mayor es la opresión que recibe del otro lado la clase trabajadora: se convierte en puro engranaje que cumple perfectamente su función).
Si quisieramos reunir en un “todo” las distintas épocas por las que ha pasado la humanidad, nos encontraríamos con una larga historia de opresores (los que en cada ciclo controlan los mecanismos que rigen el sistema social) y de oprimidos (los que sirven de medio para la consagración de un sistema opresor). La toma de conciencia de nuestra condición de oprimidos no nos debe desanimar, pase lo que pase seremos la parte bella de la historia.
Olvidemos los deseos impuestos, sepamos diferenciar entre lo real y lo representado, seamos leales con nuestros semejantes, asumamos que las tecnologías siempre serán algo accesorio y que nunca habrá nada igual a un cara a cara… Esta es una labor autoeducativa que deberemos llevar a cabo más allá de nuestra condición de trabajadores/estudiantes. Cada individuo debe identificar los destrozos que la publicidad ha hecho en sus íntimos deseos y recuperar los propios, recuperar esa vida que ha sido robada.
Es una respuesta natural, en todos los sentidos del término: es natural porque siempre hubo en la historia algún grupo que explotó a causa de las imposiciones que recibieron los oprimidos, y es natural porque la opresión que recibimos atenta principalmente contra nuestras vitales básicas.
Por un lado, el ritmo de vida (fruto de una descompensación total entre el tiempo que se tarda en consumir un producto comunicativo masivo, que nos relaja o entretiene, y el tiempo que ha de ser empleado en el trabajo asalariado para poder sustentar semejante cantidad de productos comunicativos para todos los gustos. Descompensación que también tiene que ver con la posibilidad de comunicarse instantaneamente, en tiempo real, con otras personas que pueden encontrarse en casi cualquier parte del mundo, y el trabajo asalarido que se debe dedicar para hacer posible tal despliegue tecnológico).
Por otro lado, la supresión de los espacios públicos. Ahora se hace vida privada (comparto mis aficiones en una comunidad virtual de internet, escucho música con mi mp3, veo mi programa favorito en la tele y si salgo con los colegas es para pillarnos una borrachera y olvidar los problemas).
Los individuos cada vez encontrarán menos lugares donde encontrarse de manera natural (cara a cara), las relaciones mediadas por alguna tecnología serán las relaciones modélicas (las que impone el modelo de sociedad). El individuo será más individualista que nunca pero también menos individual que nunca ya que formará parte de una gran red de comunicación. Incluso sus relaciones personales y afectivas se producirán a distancia por medio de tecnologías, con un trabajo indiferente en un lado de su vida y el mercado de deseos en el otro, que le abastecerá de productos. Si esto es ser feliz, yo quiero ser infeliz y buscar la diferencia.
El mal viene del modelo dominante, que en este momento de la historia que nos ha tocado tiene armas inteligentes: reduce espacios públicos, nutre de entretenimiento a los individuos y así justifica el sometimiento al trabajo.
Se trata entonces de pensar en otros modelos, en otros modos de hacer el mundo, que respondan al determinismo del modelo único con armas aún más inteligentes, con una actitud que nos permita seguir siendo lo que realmente somos: animales sociales reales. Por ejemplo, rechazar las conversaciones telefónicas si no son para comunicar algo preciso, preferir siempre el cara a cara con las personas. Para ello, tratar de encontrar espacios, o crearlos. Liberarse de las necesidades accesorias significa darle un pequeño golpe al mercado de deseos.
Si, además, se tratara de cubrir las necesidades primarias de forma autónoma, nacerían comunidades paralelas, cuyos individuos valorarían el contacto cara a cara, huirían del uso omnipresente de las tecnologías y crearían sus propias redes de comunicación para la construcción de un modelo de mundo al menos diferente.
En las sociedades capitalistas tratar de escapar de las tecnologías suena a utopía. Poco a poco se están convirtiendo en un factor que viene dado por el ambiente, así que nos deberemos preocupar de cómo subvertirlas, de cómo utilizarlas en nuestro favor. Eliminando los valores de partida con los que salen al mercado de deseos y devolviendoles viejos valores simples -para qué sirve, por ejemplo- se puede escapar a la flipada general que producen los lanzamientos de lo siempre nuevo.
El medio es el mensaje. Los nuevos “media” son el nuevo medio y su mensaje esconde el modelo único transcrito en múltiples lenguajes. Los otros modelos, su mensaje y sus lenguajes son las resistencias y su existencia evita la totalidad del modelo único. Si el medio es el mensaje, la existencia es resistencia.







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Marzo 6, 2009 a 1:27 am
joro
Buen texto el mismo problema planteado en otras palabras en otros idiomas y que traducidos terminan siendo lo mismo. Bueno todavía no encuentro la solución si tienes tiempo pasa por el blog y comentas además de mandarme textos a mi mail estaría feliz de leerlos y así intentar encontrar una solución contra quienes imponen el modelo a seguir.
Saludos y espero respuesta