Apenas veo televisión y a veces lo lamento. Sí, porque no ver tele es como estar lejos de cierta telerrealidad que a fin de cuentas es una excusa para estar al tanto de las cosas y poder seguir algunas conversaciones con el mundo normal. Pero, qué diablos, la programación televisiva es infame, así que en el fondo no me arrepiento. No creo que la culpa sea del medio en sí, sino de sus productores, capaces de lo que sea con tal de atraer miradas curiosas y, por extensión, dinero rápido.

Lo poco que se salva de la televisión son algunas de sus series (las cuales, para poder seguirlas, hay que verlas por inet y no por televisor, por mucha TDT que pongamos). Y, para mi gusto, no son Lost ni House ni Dexter, series probablemente buenas pero que te hacen pasar malos ratos. ¿Qué necesidad hay? ¿No tienes bastante con tu realidad que tiendes a evadirte con sucesos angustiosos? Bien, pa gustos los colores. Pero no digais que no, los índices de audiencia revelan que la gente está fatal…

De lo que quería hablar es de las comedias de situación –o ’sitcoms’, en neolengua angloamericana–. Vendrían a ser como las novelas de caballerías que odiaba Don Quijote (¿o era Cervantes?), o como los relatos costumbristas de Larra. En fin, poca cosa, menudeces, memeces, estupideces. Sí, igual que los libros rosas de amor que venden en las tiendas de las estaciones de tren o la fotonovela de la revista de turno. Es decir, lo que a todas nos pasa en nuestros grupos pero ligeramente modificado y contado en lenguaje audiovisual. Supongo que por eso mismo me gustan. Porque, aunque evidentemente sean ficción, se parecen en algo a la vida y ésta es divertida por sí misma.

A quién quiero engañar. Sí, hay poca filosofía aquí. Lo que ocurre es que hoy he terminado de ver todos los capítulos que hay en inet de una de mis ’sitcoms’ favoritas sin saber si quedan más episodios (¿para qué queremos TDT si no sabe resolver esto?). Lo peor es que no puedo encontrar ninguna que pueda igualarla. ¿Alguna sugerencia?