Este es el post número 200 de Tiempos de Desidias. Pensaba reservarlo para hacer un bonito resumen con las entradas que más visitas han recibido, pero no va a ser así, porque llevo un estado de ánimo que no me lo permite. Quien haya estado conmigo los últimos días se habrá percatado de algo extraño, que ni yo sé qué es. Como una necesidad de callar y observar. Simplemente estar en el espacio, sin moldearlo. No quiero saludar a los amigos, no sé qué decirles. No quiero conocer a nueva gente, no sé qué contarles. En cambio, me gustan las personas que, entre la multitud, se quedan tranquilas, como dándole vueltas a las cosas que ven. Aunque no las conozca, me gustan.
Es un problema estésico el mío, creo. O sea, que veo tantas cosas que se apelotonan en mi umbral de visión, con tantos significados e interpretaciones enchufados directamente a mi pensamiento, que éste se revoluciona sin poder retomar el control. Así, resulta apoteósico ver arder a Especulín, y profundamente entrañable ver a la torre mudéjar de la Madalena salir a festejar el gran triunfo. Cuando veo el momento de aplaudir, nadie más está viendo lo mismo. Y esto se torna en profunda decepción social. No tengo nada interesante de qué hablar con nadie. No tengo nada elocuente que decir. Tan sólo puedo contarte lo que estoy pensando, y eso puede tener nefastas consecuencias. Disertar sobre “los grandes asuntos de la humanidad” no es precisamente divertido para la mayoría de los mortales.
Como tantas otras veces, me gustaría ser invisible. No es que odie el mundo, sólo es que me pueden tantas exigencias, tantas miradas, los temas de conversación banales, las palmaditas en la espalda. Hoy no quiero que me reconozcan. No quiero que nadie piense “tiene sueño”, “está triste”, “es aburrida” o “es pirómana”. Sólo quiero contemplar, quedarme en la desidia, una vez más. Esa desidia tan mal vista. La desidia de las aguafiestas, de las que prefieren mirar la luna que intentar llegar a ella, de las que se duermen en las fiestas… De las que son positivas a su manera.
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Me gustaría también haber hablado del trastorno bipolar que sufre una parte de Zaragoza. Ahora que tenemos aquí la Expo, ahora que la gente se pregunta “¿qué será después de la Expo?”, ahora todo el mundo quiere ser anti-expo. Ahora todos tienen algo que criticar, principalmente contra la gente que está participando en las actividades alternativas. Ahora llega el criticón de turno y dice “bah! podían haber hecho algo antes!”, y se queda tan pancho. Pa anti-expo yo.







2 comments
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Julio 20, 2008 a 3:17 pm
arteko
Vivimos con la mochila de otro, una mochila que está llena de reglas y normas de comportamiento, de miedos infundados y miedos potenciados, desinformación y manipulación. Una mochila que nos mantiene “normales”, integrados, cómodos… felices?. Pero que nos impide el movimiento, el fluir, el volar, poder disfrutar de la levedad.
Y son en esos momentos de soledad, de contemplación, en los que dejas la pesada mochila y viajas hacia la comprensión mientras le añades una porción de sentido a la vida
Julio 21, 2008 a 4:45 pm
desidias
gracias por la reflexion. al final va a ser que somos normales y todo.