Dentro de una semana me estaré marchando. Y de nuevo casi sin quererlo. De nuevo con pereza de hacer una maleta, de pensar si me llevo el ordenador o no, de cuántos pares de zapatillas necesitaré esta vez. Si iré directamente al aeropuerto o gastaré al menos un día en esa otra ciudad mía, que es Madrid, para pasar por lugares recorridos mil veces y recordar a las personas mil veces olvidadas.

Me estaré marchando a otra de mis ciudades, la del norte y el frío, que es Edinburgh. Me estaré marchando a finales de junio precisamente para no recordarla más como la ciudad gélida, la impenetrable, la del aguanieve diario. Me estaré marchando y aún no tendré casa, porque tendré tres casas. Y aún no tendré trabajo, aunque eso espero que sea fácil esta vez.

Encontrar trabajo será, no sé si fácil pero, desde luego, necesario. Sin unos ingresos veraniegos no podré ir al segundo (¿o tercer?) destino del verano: Berlín. En la capital de las dos Europas pasaré unos días si todo va bien. Aún no tengo billete ni plan definido, pero hay una tendencia que me lleva hacia allí. Y de ahí llegaré a un campo de trabajo que empieza por Au… pero que no es Auschwitz, sino Aue, para pasar dos o tres semanas. Queda cerca de la República Checa, por lo que espero tener la oportunidad de visitar Praga, la maravilla del Este que todo el mundo recomienda.

Me voy a hacer la guiri, la traveller, la backpacker… La viajera, la mochilera, la turista… Dejo la Zaragoza de la Expo vista para sentencia. Todo lo más que podría hacer aquí en verano sería pudrirme en algún puesto de trabajo promocional, soso y acorde con el consenso piramidal que nos inunda. Por eso ya no me importa darle permiso al instinto para salir a machacar a las expectativas sociales. Esto no durará eternamente, pero es lo que hay por el momento. Septiembre tendrá que ser la vuelta a las tareas de la madurez. A la búsqueda de trabajo y al compromiso con los proyectos iniciados. Pero, de momento, déjenme alargarme en la búsqueda de una coartada.