Bailaré bajo la lluvia y cogeré una pulmonía. Me llevarán al hospital y me obligarán a guardar un reposo infinito. Entonces descubrirán que tengo una cicatriz en la parte izquierda de la frente, de cuando intenté urgar mi cerebro para saber qué contenía, a parte de sangre.
Dejaré la ventana abierta mientras llueve, para que se moje mi cama. Así cogeré además una neumonía, y me obligarán a entrar en aparatos radioeléctricos sofisticados. Con suerte, decidirán insertarme algún trozo en el cuerpo y sentiré que tengo metralla incrustada. Por ejemplo, en los ovarios, o en el hígado.
Me permitiré ser un tubo, imperturbable a los ojos de los demás, improductivo para la especie e inmutable al paso del tiempo. Puro pasillo, pura digestión. Tragando sin parar sonidos, colores, olores y sensaciones. Desechándolos al mismo ritmo. Nada se parará en mí. Nada fermentará. Todo se esfumará.
La lluvia ayudará a que el flujo perdure, a que nada se estanque. Limpiará cualquier resto de cualquier cosa. Sólo habrá vacío. Absolutamente nada. Exquisitamente nada. Sólo vísceras. No interpretación. No pensamiento. No sentimiento. Ni voluptuosidad ni decadencia. Sólo materia.
Yo, hoy, ahora.
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No sé si es un homenaje, un recuerdo o una reflexión. Lo que es segura es la clara influencia del libro “Metafísica de los tubos” de Amélie Nothomb.







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