[leer con melodía de "Apatrullando la ciudad" de El Fary]

En esta mañana de lunes, de desidioso lunes, pensaba en crear una nueva sección en la bitácora (no sé si hasta ahora había secciones, pero bueno) dedicada a ennumerar y, en su caso, relatar, los episodios de violencia cotidiana (sea física, verbal o simbólica) que cada día me toca sufrir en carnes propias y ajenas.

Lo pensaba mientras pedaleaba desde mi casa al trabajo, a la altura de la intersección entre Anselmo Clavé y Paseo Maria Agustín, justo después de haber recibido pitidos y aspavientos del copiloto de un coche que quería pasar más deprisa de lo que yo le permitía.

Seguí pensando en eso mientras pasaba por delante del Pignatelli, y cuando ya estaba segura de que la violencia tenía que ser relatada para poder ser expulsada de mi ser, servir a la reflexión ajena, evitar que se convirtiera en nueva violencia indiscriminada, una mujer aguerrida que intentaba desplazarse por la calle entre asfalto levantado y vallas de obras me dijo:

- ¡Ánimo! ¡Viva la bici! ¡Gracias por ir!

Los malos pensamientos se fueron en un segundo, sobre todo por lo de “gracias”. No tuve tiempo de girarme y decirle “Gracias a usted por existir”.