Lo confieso (si no lo he hecho ya): estuve a punto de matar este blog. Porque a veces lo veo solo como un compendio de quejas ruines, un vaso de nostalgias con posos grumosos de tristeza. Al fin y al cabo no hemos venido al mundo a llorar. Al menos no solo a eso.
Momifícalo, me sugirieron. Sí, al fin y al cabo destruirlo habría sido una pérdida inútil. Tampoco molesta tanto. Bueno, deja entrever algunos fragmentos de mi pensamiento, pero aún así creo que es críptico, inconexo. No se da nada por supuesto aquí dentro.
Un blog que habla de sí mismo y que no dice nada. Esta obsesión me persigue desde hace algún tiempo. Así son buena parte de mis intervenciones últimamente. De lo concreto al todo y del todo a lo específico: así me gustaría que fuera. Y no del todo al vapor y del vapor a la nada.
Sí, lo reconozco, este lienzo se ha quedado huérfano. Cuando quiero aportar algo que considero de provecho nunca entro aquí. Solo lo hago cuando necesito juntar palabras para liberar cierto ofuscamiento mental. Cuando el único soplo posible me lo tengo que sacar de adentro. Entonces vengo.
Y cuento historias que no tienen final ni principio. Como aquellas que me ocurren de vez en cuando los días de entresemana. O mejor dicho, las noches.
Martes, miércoles… Cualquier cosa menos sábado. Los fines de semana irrumpen abruptos en nuestra vida cotidiana. Nunca ocurre nada emocionante un domingo por la mañana. Un jueves, sí.
Tonterías. Eso es lo que siempre vengo aquí a escribir. Cualquier chorrada. Es mi libertad. Es mi espacio, ya casi añejo en esto de la escritura digital. De poco valor, a mi juicio, aunque reciba todavía -y a pesar del ostracismo al que le he destinado- cincuenta visitas al día. Lo veo y no lo creo.
He fabricado un monstruo hecho de palabras, enlaces y ensamblamiento automático. Rara vez he pensado más de dos segundos lo que aquí iba a decir. Menos aún hacer pruebas previas en una hoja privada. Ni tampoco lo eh prestado mucha atención a la corrección posterior. Una negligencia tratándose de una eterna aspirante a periodista.
Alguna vez creí que sería imperdonable abordar así tan de frente, a bocajarro, en público, cualquier estupidez que se me pasa por la mente. ¿A quién le importa todo este decir nada que solo supone una pérdida de tiempo para quien lo lee? Bien, les advierto: es su responsabilidad. Yo no enlacé este post en ningún sitio. Usted ha llegado hasta aquí porque sus ojos le trajeron. O su mirada.
A veces aún vengo a soltar frases a chorretones, a recordar por qué me gustó tanto en su día pensar en la desidia, que es retaguardia, que son deseos. Miro mis primeras entradas y ahí estaba, acabando periodismo y pensando que jamás sería capaz de afrontar la vida adulta. Pero ahora aquí estamos, mal que bien sobreviviendo. Ganando el pan con la profesión soñada, feliz de haber conocido a toda la gente que se cruzó por mi camino, con mejor talante que antaño, pero sin perder ni un poco la mala hostia que a veces se necesita.